La salud en tiempos de fragmentación: reconstruir lo común
En el contexto actual, pensar la salud en Argentina exige correrla de los márgenes estrictamente sanitarios para volver a situarla en el terreno donde efectivamente se produce: la vida social.
No hay sistema de salud capaz de compensar —de manera sostenida— contextos en los que se deterioran las condiciones de vida, se fragmentan los vínculos sociales y se debilitan las instituciones que organizan lo común. La salud no es un resultado técnico: es una construcción colectiva, profundamente atravesada por las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales en las que las personas viven.
Sin embargo, asistimos hoy a un escenario en el que estas condiciones no solo se deterioran, sino que, en muchos casos, son activamente erosionadas.
Se promueven discursos y políticas que fragmentan, que deslegitiman lo público, que erosionan la confianza en las instituciones y que encuentran en el malestar social —el fracaso, la frustración, la incertidumbre— un terreno fértil para movilizar el enojo, el resentimiento y el odio. Pero sobre esa base no se construyen sociedades más saludables. Por el contrario: se debilitan los lazos que hacen posible el cuidado, se erosionan las capacidades colectivas de respuesta y se profundizan las desigualdades.
En ese marco, decisiones como la salida de la Argentina de la Organización Mundial de la Salud no son hechos aislados ni meramente administrativos. Expresan un posicionamiento más amplio: el corrimiento de una lógica de cooperación hacia una lógica de repliegue y fragmentación, en un momento histórico en el que la interdependencia no es una opción, sino una condición para sostener la vida.
La consecuencia es concreta: menor acceso a información estratégica, debilitamiento de las capacidades de anticipación frente a riesgos sanitarios, encarecimiento de insumos críticos y, sobre todo, profundización de brechas entre territorios. En contextos de desigualdad estructural, estas decisiones no afectan a todxs por igual: impactan con mayor fuerza allí donde el acceso ya era más frágil.
Frente a este escenario, la pregunta no es solo qué está ocurriendo, sino qué condiciones hacen posible —aún hoy— construir salud.
Y en ese punto, algunos acontecimientos recientes permiten abrir otra lectura.
A cincuenta años del golpe cívico-militar de 1976, cientos de miles de personas se movilizaron en todo el país en defensa de la memoria, la verdad y la justicia. Configurando un evento que deje de ser una conmemoración más. Sino la expresión de una sociedad que, incluso en un contexto adverso, vuelve a poner en el centro valores que sostienen lo común.
Ese proceso, construido a lo largo de décadas, constituye una experiencia singular: la capacidad de transformar una historia atravesada por la violencia en un camino de justicia sostenido en el tiempo, apropiado socialmente y defendido activamente.
Su potencia no reside en su excepcionalidad ni en su posible reproducción como modelo, sino en lo que habilita a pensar: que incluso frente a contextos de fragmentación y retroceso es posible construir respuestas colectivas, sostenerlas y convertirlas en patrimonio social activo.
Lo que se expresó en las calles no fue únicamente la defensa de un pasado. Fue la afirmación de una condición necesaria para la salud: la existencia de lazos sociales, de memoria compartida, de instituciones que, aun tensionadas, siguen siendo espacios de disputa y construcción.
Porque no hay salud posible en sociedades atravesadas por el odio, la fragmentación y la desconfianza. Y, al mismo tiempo, no hay transformación posible sin prácticas concretas —situadas, a veces pequeñas— que abran otras formas de organizar lo común.
En este sentido, la experiencia argentina frente a la dictadura cívico-militar puede leerse como uno de esos puntos de apoyo. Pero no el único.
En cada rincón de nuestro país, en cada territorio existen prácticas que desde la salud, tanto a nivel comunitario, institucional o político, logran sostener el cuidado, reconstruir vínculos y generar respuestas frente a contextos adversos. Identificarlas, fortalecerlas y ponerlas en diálogo es hoy una tarea estratégica.
Porque los procesos transformadores no emergen necesariamente de grandes diseños globales, sino de prácticas concretas que logran abrir fisuras en sistemas que parecen cerrados.
En tiempos donde “las evidencias se enturbian” y las coordenadas se vuelven inestables, esas prácticas funcionan como orientaciones. No resuelven todo. Pero permiten ver, actuar y sostener horizontes.
Desde Surcos, hace más de 25 años trabajamos precisamente en ese terreno. En contextos atravesados por desigualdades persistentes, junto a comunidades, equipos de salud y actores estatales, buscamos fortalecer capacidades, reconstruir redes y acompañar procesos que permitan mejorar el acceso a derechos.
A lo largo de estos años, hemos visto con claridad que la salud no se produce únicamente en los servicios, sino en la trama de vínculos que sostienen la vida cotidiana: en la posibilidad de organizarse, de confiar, de construir respuestas colectivas frente a problemas comunes. Y también hemos aprendido que, incluso en escenarios adversos, existen márgenes de acción que pueden ampliarse cuando se articulan saberes, actores y voluntades.
Esa experiencia no es excepcional. Forma parte de un entramado mucho más amplio de prácticas que, en distintos territorios, sostienen el cuidado y abren posibilidades allí donde parecen cerrarse.
Nombrarlas, fortalecerlas y multiplicarlas es, hoy, una de las tareas centrales para quienes entendemos la salud como un derecho y como una construcción colectiva.
Este 7 de abril, Día Mundial de la Salud, la invitación no es solo a reflexionar sobre sistemas, indicadores o servicios. Es, sobre todo, a recuperar una pregunta más profunda: qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué condiciones hacen posible, en ella, la vida y el cuidado.
Porque la salud —antes que un resultado— es, fundamentalmente, una forma de organización de lo común.
Y en ese terreno, aún en contextos adversos, sigue habiendo disputas abiertas.
Ale Sánchez Cabezas
