Salir de una situación de violencia por motivos de género es, para muchas mujeres, una experiencia tan desafiante como sobrevivir a ella. Aunque socialmente se suele imaginar que el quiebre del vínculo con el agresor significa automáticamente la recuperación, la realidad es mucho más compleja. El “después” está marcado por secuelas emocionales, económicas y sociales que requieren de acompañamiento sostenido.
Reconocer la violencia
Identificar que se está inmersa en una relación violenta es el primer paso para poder salir de ella. Al principio no siempre es evidente: los ciclos de agresión se alternan con períodos de aparente calma o reconciliación que confunden a la persona que lo atraviesa. Además, el peso de los mandatos de género, las presiones familiares y las dependencias económicas dificultan asumir la situación como tal.
Brindar información clara, accesible y adecuada para esta población es fundamental. Campañas de prevención, talleres comunitarios, educación sexual integral y formación en derechos humanos contribuyen a que las mujeres puedan nombrar lo que viven y comprender que no están solas (ONU Mujeres, 2020).
Contar con redes de apoyo
Salir de la violencia no es un acto individual aislado: es un proceso colectivo. Las mujeres necesitan redes de apoyo que incluyan amistades, familiares, vecinas, profesionales, grupos comunitarios y organizaciones sociales. Estas redes cumplen funciones múltiples: sostén emocional, respaldo material y acompañamiento en trámites judiciales.
En América Latina, las organizaciones feministas han mostrado que cuando una mujer dispone de al menos una red mínima de apoyo, la posibilidad de sostener la decisión de salir de la violencia se multiplica (Segato, 2016).
Autonomía económica
Uno de los factores más determinantes para permanecer en vínculos violentos es la dependencia económica. La falta de ingresos propios, las dificultades de acceso al empleo formal y la sobrecarga de tareas de cuidado hacen que muchas mujeres no tengan a dónde ir o cómo sostener a sus hijas e hijos fuera de la casa del agresor.
Por eso, los programas estatales que ofrecen transferencias económicas temporales, formación laboral o subsidios habitacionales son claves para que la salida de la violencia sea una opción real y sostenible (Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, 2021).
Garantías de seguridad y justicia
Salir del círculo de la violencia suele implicar riesgos concretos. Muchas mujeres son amenazadas o perseguidas cuando deciden separarse. La seguridad personal y de sus hijos/as se vuelve un requisito indispensable. Medidas de protección, patrocinios gratuitos, acceso a refugios y un sistema judicial que actúe con celeridad y con perspectiva de género son necesidades urgentes para protegerlas.
El trauma invisible: el impacto psicológico del “después”
Las mujeres que logran salir de una relación violenta arrastran heridas invisibles. El trastorno por estrés postraumático es una de las secuelas más frecuentes: pesadillas, hipervigilancia, flashbacks, ansiedad, miedo persistente. Incluso cuando ya no hay agresiones directas, el cuerpo y la mente permanecen en alerta.
A esto se suma la culpa y la vergüenza, emociones que pueden generar aislamiento social y dificultar el acceso a redes de apoyo. Durante el tiempo que dura la relación violenta, muchas mujeres experimentan un deterioro profundo de su autoestima. Las palabras descalificadoras, la manipulación constante, el control económico y la ruptura de vínculos sociales minan la confianza en sí mismas.
Una vez fuera de la relación, reconstruir la autoestima es una tarea lenta, pero imprescindible (Sagot, 2000). Además, resulta necesario reconfigurar los proyectos de vida: retomar estudios, reinsertarse laboralmente, rehacer vínculos sociales y recuperar espacios públicos.
La violencia por motivos de género no afecta solo a la mujer: sus hijas e hijos también quedan marcados. Estudios regionales demuestran que la exposición a la violencia en el hogar repercute en el desarrollo emocional, cognitivo y social de niños y niñas (ONU, 2016). Tras salir de la violencia, muchas madres enfrentan el reto de acompañar los miedos y síntomas de sus hijos, lo que supone una doble carga emocional.
El momento posterior a dejar atrás la violencia está atravesado por emociones diversas y, en ocasiones, contradictorias. Aparecen sentimientos de alivio y esperanza, pero también miedo, incertidumbre y dudas sobre el futuro. Reconocer estas vivencias es clave para comprender que la reconstrucción no es automática, sino un proceso que requiere tiempo y sostén.
El papel del acompañamiento: pares y profesionales
El encuentro con otras mujeres que atravesaron situaciones similares es uno de los apoyos más potentes en el proceso de recuperación. Los grupos de pares ofrecen escucha sin juicio, identificación y validación.
En América Latina, los círculos de mujeres y los grupos comunitarios feministas han demostrado ser espacios transformadores, donde se comparte información práctica y se construyen vínculos de solidaridad (Sagot, 2000).
El rol de profesionales de la salud, psicología, trabajo social y derecho es insustituible. La atención psicológica especializada permite elaborar el trauma, mientras que el acompañamiento social y jurídico garantiza derechos básicos. Al mismo tiempo es necesario que los equipos trabajen desde una perspectiva interdisciplinaria y de género, evitando la revictimización (OPS/OMS, 2013).
Asimismo, para que el acompañamiento sea efectivo una vez que las mujeres salen de la violencia, se requieren enfoques multisectoriales integrados, articulaciones interinstitucionales y políticas públicas concretas.
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por ejemplo, funcionan los Centros Integrales de la Mujer (CIMs), que brindan apoyo psicosocial y asesoramiento jurídico, además de acompañamiento en la recuperación de la autonomía y la reconstrucción de proyectos de vida a mujeres mayores de 18 años que estén o hayan pasado por una situación de violencia por motivos de género. También está disponible la Línea 144, que brinda atención telefónica especializada, gratuita, confidencial y de alcance nacional, las 24 horas, los 365 días del año.
Reflexiones finales
La recuperación es individual pero también es comunitaria. La violencia por motivos de género es una problemática social, basada en la desigualdad de género y en mandatos culturales que la sostienen. Por eso, el acceso a una vida libre de violencias de una mujer está íntimamente ligado a la transformación de su entorno (Segato, 2016).
Las mujeres necesitan seguridad, autonomía económica, atención psicológica, acompañamiento social y redes comunitarias sólidas. El impacto psicológico del trauma es profundo, pero puede ser elaborado con acompañamiento adecuado. El rol de pares y profesionales es indispensable: desde la escucha empática hasta la creación de dispositivos concretos que restituyan derechos.
La salida de la violencia debe ser entendida como un derecho humano fundamental. No basta con atender la emergencia; es imprescindible garantizar que cada mujer pueda vivir una vida libre de violencias a largo plazo.
Cuando una mujer logra salir de la violencia y reconstruir su vida, no solo gana ella: gana toda la comunidad, se ensancha el horizonte de igualdad y se siembra la posibilidad de un futuro más justo.
Lic. Maria Valeria Echeverry
Coordinadora Proyecto CIMs Comuna 13 y Portal Barrio Mugica
Lic. Carolina Reves Szemere
Coordinadora CIM Portal Barrio Mugica
Lic. Sabrina Pilar Lopez
Coordinadora CIM Portal Barrio Mugica
