Movimientos feministas: aportes a la ciencia

Doscientos años atrás sobre la ciencia Nietzsche decía….

«Lo que hay de peligroso, de corrosivo, y de envenenador de la vida, en nuestro modo de hacer ciencia… enfermada de este engranaje y mecanismo deshumanizado, enferma de impersonalidad…  

Se pierde la finalidad… el cultivo moderno de la ciencia barbariza.»

Doscientos años después, la pandemia COVID-19 ha puesto una vez más de manifiesto lo mismo que hace siglos se viene denunciando en este sentido desde muchos espacios, y también desde el campo sanitario. La pandemia mostró, de manera amplificada, cómo pueden coexistir avances científicos que superan lo imaginable junto con millones de muertes evitables. Apertura de la información científica en tiempo real, articulaciones internacionales, colaboración público- privada y descubrimientos científicos en tiempos récords, junto al acaparamiento y confiscación de insumos imprescindibles para la supervivencia, medicamentos y vacunas encabezando disputas geopolíticas y económicas, y líderes mundiales negacionistas responsables de la muerte de millones de personas.

Parafraseando a Nietzsche, la forma de cultivo de la ciencia hizo que predominaran mecanismos impersonales para hacer ciencia, mecanismos deshumanizados de ordenar la vida. Ciencia sin corazón, posicionamiento político, ni ética de la vida. 

Hace doscientos años, sobre sí mismo y para pensar una ciencia médica que no fuera sólo técnica, Virchow afirmaba… 

«A menudo me he engañado con la gente, pero todavía no con la época.

Como resultado, ahora tengo la ventaja de ya no ser una persona parcial, sino completa, y mi credo médico coincide con mi credo político y social.»

Cien años más tarde, Jules Monnerot escribía:

«¡La ciencia pone al servicio de la vida materiales de tan rica diversidad! 

Cruel, aguda como una refinadísima caza al hombre, pone en acción la agresividad humana en su forma más alejada, más ajena, más distante… 

…no posee una meta, una voluntad… es ahora el refugio de toda clase de descontento, de remordimientos, de mala conciencia. Es la inquietud misma de la falta de ideal… es ciertamente un instrumento precioso entre todos, pero es preciso que esté en manos de algo más poderoso.»

Cien años después la ciencia sigue siendo una técnica eficiente y ciega que sólo obedece -y beneficia- a quienes la dominan. En este contexto ¿Cómo creer que los avances científicos aportarán soluciones capaces de resolver padecimientos evitables? Desde hace siglos esta ciencia, convertida en pura técnica, sólo responde a preguntas que no fueron hechas o que sólo responden a los problemas de unos pocos. ¿Qué hay más allá del brillo de los avances asombrosos que esta ciencia supo conseguir? Inequidad, tragedias climáticas, hambre y muertes evitables que muestran una y otra vez que esta ciencia no es la solución, a pesar de que seguimos viviendo como si lo fuera.

Porque no es más ciencia y tecnología lo que se necesita para hacer de este mundo un lugar más habitable, más equitativo y amable para todos los seres vivos. Es otra ciencia. Se le siguen pidiendo respuestas a una ciencia que no tiene ojos, y mucho menos corazón, a una ciencia en la que predomina la racionalidad y no la vida, respuestas que no puede dar. A una ciencia donde la racionalidad lógica domina sobre toda otra racionalidad. ¡La racionalidad a cualquier precio, como violencia peligrosa, como violencia que socaba la vida!

¿Hay otra manera de mirar y abordar la ciencia? ¿Hay otros discursos que no se pudieron acallar y que sería necesario escuchar? Sobre este tema, las mujeres ¿tenemos algo para aportar? ¿O creen que los reclamos de los movimientos feministas se reducen meramente a un pedido de igualdad? ¿De verdad pueden creer que las mujeres pedimos ser iguales a los hombres? ¿O eso es lo único que los varones pudieron entender por temor de perder su lugar de privilegio? 

Nosotras, a quienes nos llamaron animales de presa, peligrosas, insinuantes y subterráneas. De quienes afirmaron durante siglos que nuestro destino era llenarnos el útero para vaciarnos la cabeza. A quienes durante siglos quisieron curarnos y redimirnos.

Los que hablaron así de nosotras, entre otras cosas, no pudieron o no quisieron ver que los movimientos de mujeres estábamos mostrando los resultados del imperio patriarcal. Develamos lo que su poder hacía sobre nosotras, pero también lo que estaban haciendo con la vida en general de manera continua y naturalizada actuando sobre todas las relaciones humanas. Revelamos los resultados de esta forma de organización social constituida en base al sexo biológico, a través de la designación artificial y diferenciada de roles y espacios sólo basada en una de tantas características biológicas y priorizando sólo una manera de pensar, de vivir y de sentir. 

Con fuerza, sin descanso, a pesar de las muertes, de las mutilaciones, de los escarnios públicos y de la insistencia en mandarnos al rincón a callarnos y subalternizarnos. De a poco fuimos corriendo los límites, hicimos que de a poco fueran pisando otros territorios. En eso no se equivocó Nietzsche de nosotras: fuimos capaces de atropellar al destino mismo. Porque los territorios se conquistan de a poco, porque es posible construir otras maneras de construir subjetividades, otras formas de habitar y construir territorios posibles. Porque…

Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado 
y se puede sin embargo volver, 
ya nunca más se pisará como antes 
y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado. 

Es el aprendizaje 
que se convierte en lo aprendido, 
el pleno aprendizaje 
que después no se resigna 
a que todo lo demás, 
sobre todo el amor, 
no haga lo mismo. 

El otro lado es el mayor contagio. 
Hasta los mismos ojos cambian de color 
y adquieren el tono transparente de las fábulas 

Roberto Juarroz


Nos decapitaron, nos mutilaron, nos quemaron, nos despreciaron. Pero nosotras seguimos, no pudieron detenernos. Pudimos mostrar que su manera de hacer las cosas dividió a las sociedades, generó desigualdades e inequidades, y construyó una ciencia capaz de enormes avances científicos, pero incapaz de sentir.

Expusimos cómo las relaciones patriarcales entorpecieron el desarrollo de afectividades más humanas y vitales. Mostramos cómo, a través de su “mandato de masculinidad”, el patriarcado esclavizó y sometió a muertes tempranas tanto a hombres como a mujeres y construyó una ciencia potente y poderosa, pero ciega.

Hasta aquí nos trajo esta ciencia patriarcal desarrollada a partir de un marco de significaciones que priorizaba patrones de posesión, hiperproducción, consumo, vigilancia y control de la naturaleza. Hasta aquí nos ha traído esta ciencia masculina.

Hace cien años, ante el panorama desolador de una ciencia que cazaba y almacenaba bestias preciosas, vegetales inauditos y especies maravillosas y que creía preparar un festín de inmortalidad, Monnerot decía que para superar el festín de sangre al que la ciencia se dirigía se necesitaban héroes y dioses con entusiasmo, indignación y risa sagrada que pudieran convertir el saber en música.

Como buen varón del siglo pasado pensaba en masculino, en dioses y héroes, pero ahora sabemos que lo que necesitamos son diosxs y héroxs para quienes su identidad principal no sea la sexual. 

Mientras tanto, muchos varones siguieron convencidos de que lo que las mujeres queríamos es ser cómo ellos. No es nausea, es risa… ¿Para qué querríamos devenir varones? ¿Para qué hacer más de lo mismo? ¿Para qué reproducir este patrón que nos lleva a la muerte?

La ciencia, como una parte más de la vida, necesita devenir también femenina. Habitar territorios que no sólo apelen a la racionalidad técnica. Una ciencia que pueda pensar con todo el cuerpo, que pueda amar y que se atreva a atravesar los límites que la empobrece para habitar y construir otros territorios

Las luchas feministas mostraron que se necesita pluralidad, personas que queramos devenir minorías. Construir algo nuevo. Devenir mujeres, no varones con vagina que reproduzcan de manera invertida el mismo mundo binario que nos trajo hasta aquí. Quienes esto piensan no aprendieron nada. 

Es necesario modificar los paradigmas que dominan a la ciencia. Mostrar una vez más que la ciencia no es neutra ni objetiva, develar los poderes que la están guiando. Reivindicar al feminismo y a los antirracismos como posiciones que pueden desnudar los poderes que dominan al mundo, para construir desde allí nuevas ciencias. Quizás así se pueda comenzar a hablar un lenguaje feminista que abra otros mundos posibles. Un lenguaje que permita contactarnos con humanos y no humanos, que se abra a conocimientos colectivos y a pensar nuevos y diversos parentescos.

Devenir mujeres, devenir minorías para construir subjetividades atentas a la responsabilidad política del saber y del hacer. Construir una ciencia que escuche y reciba flores. Queremos una ciencia con flores…

Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras en vez de machos,

queremos flores de los que nos cortaron el clítoris

y de los que nos vendaron los pies.

Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos

y ayudáramos en la cocina

Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía.

Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado

y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas

Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos

a parir a riesgo de nuestras vidas.

Queremos flores del que se protege del mal pensamiento

obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo.

Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte

Queremos flores de los que nos quemaron por brujas

y nos encerraron por locas.

Flores del que nos pega, del que se emborracha

del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.

Queremos flores de las mujeres que intrigan y levantan

falsos testimonios.

Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras

y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.

Tantas flores serían necesarias

para secar los húmedos pantanos

donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;

arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,

de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.

Gioconda Belli


Queremos una ciencia floreada. Que no cierre, que abra. Que no divida, que una. Una ciencia que no sea ciega, que se anime a mirar. Que no tema y se permita tener corazón. 

Si no lo hacemos, podemos sin temor a equivocarnos preguntarnos ¿para qué sirve la ciencia? Y para repensar a esta ciencia también necesitamos una filosofía que pueda reconocer los errores de quienes admira para seguir adelante. Podemos hacernos eco de Artaud y repetir con él también en relación a la ciencia:

No podemos vivir eternamente rodeados de muertos y de muerte. Y si todavía quedan prejuicios hay que destruirlos. El deber del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, un libro, una revista de los que ya nunca más saldrá, sino al contrario, salir, para sacudir, para atacar a la conciencia pública, sino 

¿para qué sirve? 

¿Y para qué nació?

Las mujeres aprendimos. Ahora podemos parir sin dolor y mirar la vida de frente para luchar por un mundo distinto, por lo que vale, lo que vive, lo que siente, lo que ama y lo que baila. Todavía falta que se animen a hacer este aprendizaje junto a nosotras quienes todavía se resisten a dejar sus lugares de privilegio.


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Imagen de portada: Freepik
Por: Dra. Alejandra Sánchez Cabezas

Por: Dra. Alejandra Sánchez Cabezas

Consejo Salud Comunitaria de la SAM
alejandra.sanchezcabezas@gmail.com

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